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Justificados, necesaria y únicamente por gracia

A lo largo de toda la carta del apóstol Pablo a los cristianos de Roma, la idea de la justicia, y especialmente la “justicia que es por la fe” (Romanos 9:30), aparece una y otra vez. Es tan relevante esta idea que muchos intérpretes, especialmente desde la Reforma Protestante, la ven como el enfoque principal de la carta. Si bien actualmente no es esa la lectura que más adeptos posee, no podemos negar que es uno de los temas más prominentes de la carta.

Es más que interesante notar de qué manera comienza Pablo a desarrollar el tema de la justicia en la carta a los Romanos, ya que lo hace demostrando a los lectores que ellos, todos ellos (y todos nosotros), no son justos (Romanos 1:21; 3:9), y, por ende, necesitan la justicia de Dios que se revela en el evangelio de Cristo. En los primeros capítulos de la carta Pablo se ocupa de dejar bien en claro que tanto judíos como gentiles están en igualdad de condiciones delante del Señor, debido al pecado. Es a partir de esta realidad que Pablo va a presentar el evangelio (Romanos 1:16-17).

Dios es justo. Dios demanda justicia. Nosotros no somos justos. Nosotros no podemos llegar a ser justos por nosotros mismos. Dios, a través de Jesucristo, alcanza con Su justicia a los hombres. Somos justificados delante de Dios por medio de la fe en Jesucristo. Este es el desarrollo básico del tema en la carta.

En primer lugar, lo que Pablo nos hace entender es que Dios justifica a las personas a través de la fe y no a través de las obras de la ley. La religiosidad superficial puede hacer creer al hombre que hay algo de justicia en él mismo, que tiene la capacidad de obedecer la ley de manera tal que Dios lo halle justo. Es imposible (Romanos 3:20). La única manera en la que el hombre puede ser justificado delante de Dios es la fe (Romanos 3:21). El justo por la fe vivirá. Y con eso lo que la Escritura nos da a entender que la única manera en la que pasamos de muerte a vida es por la fe puesta en Cristo, y así como recibimos vida por medio de esa fe, es con esa fe depositada en Cristo que caminamos (Romanos 4:5).

En segundo lugar, lo que Pablo demuestra es que la justificación está disponible para todos los seres humanos. No hay judíos ni gentiles. Todos somos pecadores delante de Dios. Todos carecemos de justicia propia. Todos estamos imposibilitados de alcanzar justicia. Todos tenemos la misma necesidad. Y la buena noticia es que la salvación de Dios está disponible para todos los hombres (Romanos 10:4), porque no es en base a raza, o pueblo, sino por la fe en Cristo (Romanos 3:21-24).

En tercer lugar, necesitamos entender que Dios justifica a las personas por un acto completamente libre de su voluntad: en una palabra, por gracia. Por eso, Pablo va a mostrar cómo Dios escoge a los suyos de acuerdo con su soberana elección. La salvación es un acto de Dios, y por eso es, necesariamente, por gracia, y también, necesariamente, por fe. Es Dios quien conoce de antemano, quien predestina, quien escoge, quien llama, quien justifica y quien glorifica. Si hubiera “algo” que el hombre pudiera hacer para alcanzar la salvación, ya no sería por gracia. Pero si fuera por medio de obras, ninguno de nosotros estaría en condiciones de cumplir las obras de la ley.

En cuarto lugar, Pablo demuestra que la justificación por la fe tiene sus raíces en el AT. Que somos justificados por la fe no es una enseñanza de Pablo sino que tiene su base en lo que Dios ya ha dicho y establecido en el Antiguo Testamento. Por ejemplo. ¿No fue Abraham justificado por la fe antes de ser circuncidado? ¿No dice la Escritura que Abraham creyó a Dios y le fue “contado por justicia” (Romanos 4:3 / Génesis 15:6)? ¿No ha dicho el profeta Habacuc que el justo por la fe vivirá (Habacuc 2:4 / Romanos 1:17)? ¿No fue David el que cantó: ¿Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, Y cuyos pecados son cubiertos? Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado.(Romanos 4:7-8 / Salmos 32:1-2)). Y así, mediante estos pasajes del AT, es que el apóstol recuerda que el perdón de pecados es siempre una iniciativa de Dios, y que esa fue su voluntad desde La Ley, los Profetas y los Escritos.

Luego de esto, Pablo nos enseña que la justificación es el producto, o extensión, de “la justicia de Dios”. Y cuando usamos la expresión “justicia de Dios” no hablamos simplemente de que Dios es justo, o de un estado de justicia que recibimos sino que hablamos de el accionar de Dios. Su obra. La salvación que Él ejecuta y manifestará en la instauración definitiva y final de Su Reino. La “justicia de Dios” es su actuación para poner a las personas en una relación correcta consigo mismo. Es su intervención en la historia humana para ejecutar su salvación por medio de Cristo.

Y eso nos lleva al sexto y último aspecto de la justicia que Pablo aborda en esta carta: la justificación por fe basada en el sacrificio de Cristo en la cruz. La razón por la que los hombres podemos ser justificados ahora delante del Dios Santo es porque, paradójicamente, sí somos salvos por obras, pero no nuestras obras, sino la obra de Cristo (Romanos 5:18). La justicia de Dios, que exigía el lavamiento de los pecados por el derramamiento de sangre fue cumplida en Cristo. Jesús se ofreció a sí mismo como sacrificio por el pecado de nosotros (Romanos 3:25-26), los hombres, ejecutando de manera perfecta y definitiva lo que los sacrificios rituales de la ley configuraban y reflejaban de manera insuficiente. Cristo es el Cordero de Dios que se inmoló a sí mismo. Y es ese sacrificio voluntario del Señor lo que resalta más poderosamente que la salvación, la justificación, solo es posible por gracia, y por fe. Fe en la obra y la persona de Cristo (Romanos 6:23). Lo que nosotros no podíamos ni podremos jamás hacer lo hizo Cristo (Romanos 8:10), y esa es la maravilla del evangelio.

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