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¿Zaqueo? ¡Sí, Zaqueo!

(1) Habiendo entrado Jesús en Jericó, pasaba por la ciudad. (2) Y un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de los recaudadores de impuestos y era rico, (3) trataba de ver quién era Jesús; pero no podía a causa de la multitud, ya que él era de pequeña estatura. (4) Y corriendo delante, se subió a un sicómoro para verle, porque Jesús estaba a punto de pasar por allí. (5) Cuando Jesús llegó al lugar, miró hacia arriba y le dijo: Zaqueo, date prisa y desciende, porque hoy debo quedarme en tu casa. (6) Entonces él se apresuró a descender y le recibió con gozo. (7) Y al ver esto, todos murmuraban, diciendo: Ha ido a hospedarse con un hombre pecador. (8) Y Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes daré a los pobres, y si en algo he defraudado a alguno, se lo restituiré cuadruplicado. (9) Y Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa, ya que él también es hijo de Abraham; (10) porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido.

Lucas 19:1-10

 

El encuentro entre Jesús y Zaqueo solo se narra en el Evangelio de Lucas. Así y todo es uno de los textos más conocidos y enseñados, especialmente a los niños. Me gustaría que meditemos y observemos juntos algunos detalles que pueden servirnos para que nosotros también conozcamos más acerca de Jesús, salvador de Zaqueo y nuestro.

¿Quién busca a quién?

En el principio del pasaje (v.3) vemos a Zaqueo mostrando una gran curiosidad por saber quién es Jesús. Él tiene un par de dificultades a superar. Primeramente la multitud, que se agolpa y no le permite acercarse, y luego, su estatura. Zaqueo es petiso, y aún si lograra acercarse no le sería fácil enterarse de todo. 

Cuando hablamos de que hay una multitud esperando ver a Jesús, debemos recordar que Zaqueo no es precisamente una persona apreciada por los habitantes de Jericó. Para algunos es despreciable por relacionarse con los gentiles, y para otros es un cómplice del tirano opresor romano. Al mezclarse con la multitud, Zaqueo se expone a la agresión, al rechazo, pero no le importa.

Tampoco le importa el ridículo. Lucas nos muestra una imagen que podría ser hasta risueña. Zaqueo corriendo adelante y subiéndose a un árbol, sin que le importe lo que nadie puede pensar. Él, un hombre acaudalado, importante, temido más que respetado, corriendo y trepándose a un árbol para ver pasar a un rabino galileo. 

Pero no es Zaqueo el buscador. Jesús es quien ha venido a buscarlo. A él, al que todos usan para sentirse mejor delante de Dios, pensando que al menos no son como ese publicano. A Zaqueo: el último al que todos pensarían que Jesús podía elegir. 

Jesús llega debajo del árbol donde está Zaqueo. Este ni siquiera ha hablado aún cuando Jesús lo llama, y le pide que se apresure a bajar porque “debe” quedarse en su casa. ¿Por qué Jesús se detiene allí? ¿Cómo es que se invita por sí mismo a casa de Zaqueo? 

Este encuentro no es casual. Jesús ha venido a buscar intencionalmente a Zaqueo, porque él es un hijo de Abraham, uno que estaba perdido y ha sido hallado…

Este encuentro no es casual. Jesús ha venido a buscar intencionalmente a Zaqueo, porque él es un hijo de Abraham, uno que estaba perdido y ha sido hallado…

¿Por qué tanta molestia?

¿Jesús en la casa de este pecador? De tantas casas donde quedarse, de hombres justos y santos, Él elige la de uno de los pecadores más despreciados.

¿Por qué les molesta tanto? La razón es que, aunque desprecian a Jesús, ellos creen que si alguien “merece“ algo de Dios, no es precisamente Zaqueo. Si Jesús viene de Dios, ¿cómo puede juntarse con lo más despreciable? ¿Cómo no procura unirse a ellos y aprender de ellos? 

Es muy fácil terminar creyendo, que de alguna manera, Dios vio algún mérito en nosotros para elegirnos. Es muy fácil pensar que hay personas a las que Dios no considera para su Reino. Es muy fácil creernos capaces de decidir quién sí y quién no es apto para su Reino.

Juan 15:16 nos enseña que no fuimos nosotros los que escogimos a Jesús (no podíamos) sino que Él nos escogió a nosotros. ¿Quién puede decirle a Dios a quién escoger y salvar? 

A los fariseos les molesta que Jesús los confronte con su hipocresía y les muestre, que aunque hijos de Abraham en la sangre, no lo son en la fe. 

Sin Jesús, todos estamos perdidos. Y no podemos nosotros encontrarlo, porque andamos a tientas. Pero Él viene, y llama, y salva. 

¡El gozo de ser hallado!

Zaqueo se sabe indigno. Se sabe pecador. ¿Quién mejor que él conoce las cosas turbias que ha hecho para ganar más y más dinero? ¿Cómo no va a descender de ese árbol lleno de prisa y de gozo? Él, recibiendo en su casa al Maestro, escuchando sus palabras, teniéndolo cerca. Él y su casa reciben el mensaje de Jesús. Y aunque Lucas no nos dice lo que Jesús habló con Zaqueo sí podemos ver cómo la vida de Zaqueo es transformada.

Puesto en pie, Zaqueo proclama: ¡La mitad de mis bienes doy a los pobres, y si en algo defraudé a alguien, le devuelvo su dinero cuadruplicado! 

Esta declaración no está hecha con tristeza. No hay pena por deshacerse de tanto dinero. Zaqueo sabe ahora, que hay algo más valioso, y es conocer a Jesús, y saberse amado, aceptado, perdonado y transformado por Él. 

Es inevitable pensar, al ver a Zaqueo, en el hombre prominente que, al escuchar que debía dar todos sus bienes a los pobres se fue triste (Lc. 18:18-30). En ese momento la pregunta de los discípulos fue ¿Quién puede salvarse? Por sus propios medios, nadie. Por la gracia de Dios, incluso el más pecador de los hombres. 

¿Quién puede salvarse? Por sus propios medios, nadie. Por la gracia de Dios, incluso el más pecador de los hombres. 

¿Qué podemos aprender nosotros?

 

Dios elige, Dios salva. Dios no nos eligió porque fuéramos buenos, sino para hacernos buenos. Porque así Él lo quiso. ¡Gocémonos en esto! Es Dios quien busca al hombre poniendo un deseo en nuestros corazones por él. En Jesús, Dios se hizo carne, y dio su vida. No hay mayor evidencia de su amor por nosotros que esta.  

Nunca caigamos en considerarnos acreedores de Dios. Es muy fácil olvidar que fue la misericordia de Dios la que nos alcanzó. Una misericordia que no merecíamos, y Él la extendió a nosotros. Vivir por fe, es precisamente esto, vivir en plena dependencia de su gracia, de su misericordia. Vivir de esta manera nos mantiene humildes delante de Aquel que lo hace todo.

No hay nada imposible para Dios. Acaso todo el mundo podría pensar, y tener razón, que Zaqueo apreciaba más sus riquezas que el joven prominente, pero aquí lo vemos, desprendiéndose con liberalidad de lo que hasta ayer era un ídolo en su vida. Zaqueo, perdido, ha sido encontrado. Ha sido recibido en el Reino de Dios, y eso le cambió la vida. Como cambió la mía, y como puede cambiar la tuya si aún no has creído en Él.

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