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Tampoco yo te condeno

¿En qué consiste nuestro cristianismo? Si hemos leído un poco Las Escrituras sabemos que todas ellas apuntan a la persona de Jesús, nuestro Salvador, nuestro Señor. Pero ¿Cómo vivimos a la luz de esa verdad? ¿Qué es, cómo se ve, eso que la Biblia llama estar en Cristo? ¿Cómo alguien se daría cuenta de que somos discípulos de Jesús sin que nosotros usemos su nombre, o La Biblia?

Somos llamados a anunciar el Evangelio, y lo hacemos desde lo que La Biblia dice, no desde nuestras experiencias u opiniones, porque solo la Palabra de Dios es plenamente confiable.

Pero como Santiago nos enseña, nuestra fe, es una fe viva y esa vida es evidente en nuestras actitudes. Pensando en estas cosas es que leí este pasaje:

 

Pero Jesús se fue al Monte de los Olivos. Y al amanecer, vino otra vez al templo, y todo el pueblo venía a El; y sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos trajeron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo del adulterio. Y en la ley, Moisés nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres; ¿tú, pues, qué dices? Decían esto, probándole, para tener de qué acusarle. Pero Jesús se inclinó y con el dedo escribía en la tierra. Pero como insistían en preguntarle, Jesús se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en tirarle una piedra. E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Pero al oír ellos esto, se fueron retirando uno a uno comenzando por los de mayor edad, y dejaron solo a Jesús y a la mujer que estaba en medio. Enderezándose Jesús, le dijo: Mujer, ¿dónde están ellos? ¿Ninguno te ha condenado? Y ella respondió: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Yo tampoco te condeno. Vete; desde ahora no peques más.

(Juan 8:1-11 LBLA)

 

 

Algunos aspectos y miradas…

 

El odio

Los fariseos están buscando, por todos los medios posibles una forma de acusar a Jesús, no quieren, ni pueden, aceptar que el galileo que con autoridad del Cielo enseña en el Templo es el Hijo de Dios.

Aunque algunos dudan y piensan si no será este el Mesías prometido, el odio de los fariseos y escribas hacia Jesús es cada vez mayor.

 

La confianza

A pesar de que el Señor sabe las intenciones y planes de los judíos, que buscan acusarle y callarlo, Él sigue enseñando en el Templo y compartiendo su Palabra.

Una Palabra que, en el caso de los hipócritas, los enfurece y endurece aún más sus corazones.

 

La hipocresía

La Biblia dice, en el libro de Deuteronomio (Dt. 22:22) que si un hombre y una mujer son sorprendidos en adulterio, ambos deben morir apedreados.

Según algunos comentaristas, la decadencia moral de Israel era tan grande que esta práctica era poco usual en los tiempos de Jesús. Y sin embargo los fariseos la desempolvan para acusar a Jesús.

¿Por qué sólo traen a la mujer para ser apedreada? ¿No manda la Ley que ambos deben morir? ¿Por qué no la llevan a los tribunales que existían para juzgar estas cosas?

 

La astucia

Si Jesús perdona a la mujer será para ellos evidente que no cumple la Ley de Dios, y demostrarán así que no viene de Dios. Dejarán al descubierto su falsedad.

Si Jesús la condena tendrán ahora motivos para acusarlo ante los romanos, ya que los judíos no podían dictar este tipo de condena.

De una manera u otra Jesús estaba atrapado, no había forma en la que pudiera evitar caer como víctima de la astucia de los que lo acusaban.

 

La gracia y la Verdad, unidas

Este mismo Evangelio comienza diciéndonos que nosotros hemos visto la gloria de Jesús, el Verbo hecho carne, lleno de gracia y de verdad (Jn 1:14).

Esa era la elección a la que los fariseos querían someter al Señor. ¿Se sujetará a la Ley de Dios? Entonces debe condenar a la mujer y violará la ley romana. ¿Se mostrará misericordioso como siempre? Entonces menosprecia la Palabra de Dios.

Pero en Jesús la gracia y la verdad están hechas carne. Él es el Dios de Gracia, Él es la Verdad.

Jesús no justifica ni minimiza el pecado de la mujer. Él no ha venido a abolir la ley, sino a cumplirla.

 

La condición de los hombres

Ante la insistencia de manifestar su postura Jesús pone a todos los presentes ante la realidad de su propio pecado.

“Quien esté libre de pecado, que arroje la primera piedra”

Los primeros en irse son los más ancianos. ¿Han pecado más o los años les han enseñado a conocerse a sí mismos?

Todos se van. Nadie tiene el valor de decir que no tienen pecado (aunque esto sea una muestra más de su orgullo).

 

 

El amor del único Justo

La única persona que tenía el derecho absoluto de juzgar, y condenar a esta mujer, Jesús, el Justo y Santo, decide no hacerlo.

¿Y los que te acusaban?… Se fueron… Yo tampoco te condeno…

Cuando todos se fueron la mujer no lo hizo… ¿Estaba lastimada y avergonzada? Pero entonces pudo escuchar las palabras más preciosas que alguien podría haberle dicho. Yo, que sí puedo, no lo hago.

¿Se convirtió esta mujer en una seguidora de Jesús? ¿Dejó de pecar como le dijo el Señor? No lo sabemos, ojalá haya sido así. Pero si lo fue es porque en Jesús halló verdad (no peques más) y gracia (Yo tampoco te condeno).

 

La mujer adúltera

Ella era una pecadora, indudablemente lo era.

Otros pecadores como ella, la condenaron. La Ley, la condenó. Su propia conciencia la condenó.

Jesús la perdonó.

 

El Evangelio en nuestras vidas

Recordemos, nosotros somos pecadores como esa mujer, (no te engañes pensando que tus pecados son menores por ser menos visibles) y el único lugar donde vamos a encontrar perdón para nuestros pecados, y la gracia para no pecar es en Jesús.

Y sobre todo, que también nosotros podamos manifestar la gracia y la verdad del Señor Jesús hacia nuestros propios hermanos y hacia quienes no han experimentado el amor de Jesús.

El pecado destruye al hombre, porque lo separa de Dios, pero en Jesús hay perdón y misericordia.

Seamos también nosotros agentes de reconciliación llevando este mensaje.

 

Una oración final

¡Señor mío y Dios mío! ¿Cómo no agradecerte por tu mirada compasiva y tierna? ¿Cómo no amarte al saber que llevaste sobre tus hombros mi maldad y mi carga? ¿Cómo podría, al recordar estas cosas, mirar a mi prójimo con una mirada condenatoria (y lo hago, tantas veces)? ¿A dónde más ir o recurrir sino a vos, Misericordioso Señor, mi Salvador, mi Rey?

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